Discurso fúnebre por Alberto Pedroncini pronunciado por Mario Elffman. Una semblanza imprescindible y verdadera.

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Me encomendaron esta despedida en nombre de los amigos de un amigo imprescindible.

Puede que en el sentido brechtiano no existieran los indispensables, si tarde o temprano debieran surgir los Copérnicos, los Einstein, los Marx o los Fidel, como resultado y resultante de transformaciones en los niveles de la conciencia y el saber sociales.

El Ciudadano Ilustre Alberto Pedroncini habrá sido producto y productor, y en ambos casos en dosis notables. Fue producto de esa necesidad casi biológica de cumplir el mandato histórico de no limitarse a interpretar a la sociedad sino de luchar por su transformación. Y lo realizó integralmente, desde dentro o desde afuera –según los tiempos objetivos y subjetivos- de ese Partido Comunista que reflejaba o pretendía reflejar al intelectual colectivo gramsciano. Eso, tal vez, sea lo que lo distinguió de muchos de los cuadros de esa interminable batalla por los Derechos Humanos y antidictatorial que honran a la tradición de nuestro país y de muchas de sus instituciones: la LADH pionera, la Asamblea Permanente, el Cels, Abuelas, Madres, Hijos y tantas otras.

Su formación jurídica y su concepción de lo revolucionario y transformador le posibilitó asimilar, con sus virtudes y defectos, aquella concepción del uso alternativo del derecho que se creó por la necesidad de dar respuesta a las aberraciones del imperio en el período de la lucha por la liberación argelina. La desmitificación del derecho, y su consiguiente teoría crítica, le permitieron –como a tantos otros- utilizar el conocimiento de esa herramienta para, partiendo de la condición formalmente universal de los derechos individuales, colectivos y sociales, incursionar en forma viva y trascendente en un sistema que solamente aparecía como la pura expresión de la voluntad de las clases dominantes y de sus instrumentos políticos.

Él le hizo reconocer hasta a la propia corte suprema de la última dictadura cívico- eclesial y militar , en los históricos casos PEREZ DE SMITH, lo que Von Ihering había sostenido: que un derecho que no se realiza no es, siquiera, un derecho.  Y a muy buena parte de nuestro pueblo, que es una insensatez tolerar o consentir la violencia, pues si de tal modo actuamos esa violencia acaba por considerarse un derecho.

Lo acompañó, y se asistieron mutuamente, otra figura consular de nuestro derecho penal: David (Tute) Baigún.  De ese tándem, simbiosis de una cultura que comenzaba allí donde se acababa la erudición, han surgido las gemas más ricas de nuestra tradición jurídica en la lucha por los derechos humanos en la Argentina, ejemplo para el mundo. Porque es imposible omitir u olvidar que desde ese pequeño espacio casi invisible que dejaron las autoamnistías, las leyes de punto final y obediencia debida, las amnistías felonas, lograron encontrar la punta del ovillo en la omisión de los ‘olvidadores’ del delito continuo de supresión de la identidad de centenares de niños nacidos en el cautiverio de sus madres secuestradas-desaparecidas.

La creatividad de Alberto Pedroncini, su característica más genial, ha ido en paralelo con su enorme capacidad de afecto, de cariños familiares, de amistades muy próximas y muy permanentes, cuyo fomento era parte de su sentido de la coherencia personal e intelectual. Y si nada de lo humano le ha sido ajeno, todas esas características fueron potenciadas desde la unión con esa otra figura ejemplar de Ciudadana Ilustre que es Nelly (Pila) Minyersky, tan estimulante como estimulada en su notable desarrollo y trascendencia social.

Para otros amigos y admiradores quedará la glosa de sus hallazgos jurídicos, culminados con su protagonismo en el proceso al Plan Cóndor. Fue su último ‘opus’, continuado en la acción por algunos de ellos, en particular Jaime Nuguer. A mí me cabe la dolorosa y enormemente cariñosa tarea de decir algo de su trascendencia humana, de la extrema dignidad con la que soportó dificultades enormes, represiones e incomprensiones, de su estado de constante conmoción con cada caso que impulsaba y en cada organismo en el que participaba, fueran los específicos de DDHH, la Asociación de Abogados de Buenos Aires o la Asociación Americana de Juristas.

De una cosa podemos estar seguros en esta despedida: que aquel a quien despedimos, Alberto Pedroncini, es el mayor de los titanes que han recobrado, junto con la memoria, la verdad y ese trozo de justicia que puso para siempre en la cárcel y el estigma a los genocidas. A no olvidarlo.

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